La diplomacia continuaba sus carriles normales. Era 1939 y Adolf Hitler prometía a Varsovia que la paz entre Alemania y Polonia estaba garantizada. Repetía en cada despacho diplomático que cualquier tipo de controversia se resolvería sin el uso de las armas. Hitler, sin embargo, tenía otros planes secretos y macabros. Ya había iniciado su feroz persecución contra los judíos y su maquinaria había comenzado a exterminarlos. Pero aún no había extendido las fronteras de su país. Y Polonia sería el primer gran objetivo. Durante meses, el genocida alemán había intentado desatar una guerra que diera rienda libre a sus tropas en toda Europa. Fue por eso que ideó un plan para que una simple provocación (armada) le diera la excusa perfecta para desplegar su poderío militar.
Gleiwitz, el engaño nazi que dio el inicio a la Segunda Guerra Mundial
